Abismos de Aguavientoala
Antes de la isla, el abismo
Mito líquido del abismo que atraviesa: las islas que fuimos, somos y seremos y los silencios volcánicos.
Hubo un momento en que la Madre Tierra no era acto, sino potencia. Agonizando por los roces incesantes e indeseados de los cielos, emergió de ella una protección: una capa de agua la cubrió.
Justo en ese instante, mientras se cubría de agua, la Madre tuvo una hija, la Luna, a la que mandó lejos para gobernar la capa que la estaba cubriendo.
Y entonces una capa de emoción cubrió a la Madre: porque para ella, la emoción no es vulnerabilidad, sino defensa. Y con esa agua, su centro se hizo fuego.
Como una apuesta alquímica, el mundo se llenó de significado. Todo lo visible era la agua. Todo era agua. Al calentarse por el sol, y al hervirse desde el centro de la madre –como cuando se derrite una crayola al sol– algo quería empezar a emerger. El átomo que subyacía era la voluntad. La voluntad: esa conexión con la tierra-fuego y la agua-sentimientos.
De ese rugir de aguas profundas y tierra caliente, manaron los peces. Peces que encarnaron la voluntad de la Madre.
Que, huyendo de Urano, se mantenía fuerte y pudo ser madre sin Urano. De su voluntad surgieron las primeras islas. Porque la madre fue madre sola. Y somos hijas de solas mujeres.
Y así nacimos todes, como islitas conectadas y separadas por agua.
Somos islitas, islitas…islas.
Islas rodeadas del fuego de la singularidad. Un fuego que transforma al pájaro-palabra cada vez que lo dirigimos para otra isla.
Parir el pájaro ya es transformación. Su vuelo lo es. El tiempo que pasa hasta llegar, también lo es.
Nunca llega el pájaro que surgió.
Pero a veces, el fuego propio de la isla que lo recibe vibra de tal forma que le devuelve algo del sentido original al pájaro, y nace la cercanía.
También hay islas - a veces islitas volcánicas- como yo, que están hundidas, sumergidas… ahogadas… tan hundidas que no podemos ni intentar lanzar el pájaro. Y el fuego sobrevive como fueguito exterior, porque todo el fuego está en el interior.
Humeante.
Pero los peces, el lenguaje de las emociones, la voluntad y el compromiso rompen cerca y unen.
Y no solo nos unen: son antepasados.
Todo nace en el abismo del lenguaje. Y desde ese abismo nació también Abismos de aguavientoala.
Este es su mito sumergido.
Como una pregunta sobre el lenguaje. Como una petición de escucha de los cantos de las islas y también de las islas sumergidas. Un canto que no se grita, que busca desde lo ahogado, que abre grietas y voluntades-peces para nombrar, para dialogar, para crear desde la más profunda honestidad.